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miércoles, 21 de septiembre de 2011

Poesía noventosa

Uh, me dejé estar con el blog. De cualquier modo, si bien las entradas son de variadísimo contenido, ésta vez me alejo un poco de todo lo que fui poniendo en éstos años. Estaba un poco nostálgico y me puse a revisar discos que escuchaba allá por principio de los 90's, en plena adolescencia. Me encontré con un disco que adoré en su momento, y que ahora al escuchar de nuevo me pareció aún mejor que por aquellos tiempos. El disco es "Acido Argentino" de Hermética, y agrego acá la letra del tema "Memoria de siglos" porque siempre me encantó. Y extrañamente me había olvidado cuán buena era la letra. Aquí va:

"En lo que digo
nadie se engaña,
nos libramos
del vencido.
Todos barremos con saña
a los ídolos caídos.
No serás siempre el primero,
la humana limitación
cambia a capricho al puntero
de toda competición.

Olfatemos muchas cosas
entre prisas diariamente,
son verdades deliciosas
y verdades pestilentes.
Nadie dá nada de balde, sábelo
el candor últimamente está muy bravo,
aunque la verdad escalde
sobran cadenas y esclavos.

Libertad y sus vestigios,
más vale ponerse a salvo
muchos calzan gorro frigio
solamente por ser calvos.

Cubre el cuerpo cualquier capa
el placer también demacra
Todo ser busca una tapa,
cada cual cubre su lacra.

Cada cual su lacra oculta

Aunque en virtudes abunde
y se juzgue inobjetable
cuando el humano se hunde
siempre busca un responsable.

A menudo nos engañan
escondidas apetencias,
la culpa ajena es barata,
regalarla no nos cuesta.

Nada nos cuesta.

La hipocresía propasa,
todo ejemplo en ésta Tierra.
Al asesinato en masa,
los hombres lo llaman guerra."
Cuánta nostalgia, la puta madre...  

lunes, 28 de marzo de 2011

Increible Fútbol Argentino

Cuando mis amigos no Argentinos me preguntan por el fútbol nuestro, por su folklore y por el fanatismo, no puedo más que confesar que todo lo que se dice normalmente es cierto, y que muchos domingos la realidad supera a la imaginación. Quiero compartir dos fotos con ustedes. Dos fotos que voy a calificar de gloriosas, sin que esto sea apología de la violencia. No estoy a favor de la violencia en el fútbol, pero a los tipos que delinquen cada sábado y domingo no les interesa mi opinión. Así que no me voy a sentir culpable por éstas fotos que voy a agregar aquí, porque difícilmente puedan generar más violencia de la que ya hay.
Hecho el descargo, ahí voy con la primera. Un muy bien 10 para el fotógrafo, que captó el momento justo en que ese pedazo de tribuna se acerca sediento de frente arbitral. Y como si de los deseos del fotógrafo se tratase, el árbitro parece sacado de un cásting: frente prominente y brillosa, como escenario ideal para el impacto. Ocurrió en un partido de Independiente con Deportivo Español si mal no recuerdo, al finla de los 80's.
La segunda ocurrió en el partido suspendido hace una semana entre Vélez y San Lorenzo. Cada vez que veo la foto río como un nene. Aún no me acostumbro. Otra vez, el sueño de un fotógrafo: el tipo no se llevó un palo o un ladrillo; no señores, directamente la plancha de los bifes, la gruesa con el detalle de la muesca para desagotar el líquido y conseguir un churrasco bien sequito.
Creo que éstas dos fotos dicen más que todo lo que se pueda explicar sobre el fútol Argentino a cualuqie extranjero que pregunte.

Lichi.

Fuente: La Redó.

lunes, 10 de enero de 2011

El que todo lo puede

No señores, no estoy hablande del Dios de ninguna de las religions conocidas. Me refiero a Chuck Norris, ese actor de medio pelo, que a fuerza de hacer series y películas exagerando hasta límites absurdos las bondades del Karate, ha adquirido una fama desproporcionada. Una de esas bombas de fama, donde alquien comienza con una frase irónica, y se genera un efecto dominó exponencial en internet. A las ya miles de páginas enumerando hazañas del actor, se le suman ahora páginas donde recopilan las mejores hazañas de esas páginas. Súmese ésta entrada a la lista de recopiladores, antes que comience la era de las páginas que recopilan las mejores páginas recopiladoras, "and so on..."


*Chuck Norris no duerme. Espera.

*Chuck Norris ha contado hasta infinito…dos veces.


*Chuck Norris murió hace 10 años, solo que La Muerte no ha tenido el valor de decírselo.


*No hay teoría de la evolución, solo una lista de criaturas a las que Chuck Norris permite vivir.


*La mayoría de la gente tiene 23 pares de cromosomas. Chuck Norris tiene 72... y todos venenosos.


*Cuando el Hombre de la Bolsa se va a dormir cada noche, mira en su armario para ver si está Chuck Norris.


*Chuck Norris derribó en una ocasión un avión alemán con su dedo gritando "Bang!".


*Chuck Norris puede quemar una hormiga con una lupa...de noche.


*Chuck Norris se comió una vez una torta entera antes de que sus amigos pudieran decirle que había una bailarina dentro.


*Se supone que Aquiles fue el mejor guerrero de todos los tiempos, pero murió debido a su "Talón de Aquiles". No existe el "Talón de Chuck Norris".


*Hay dos tipos de gente en el mundo: Los que son Chuck Norris y los que van a morir.


*Chuck Norris inventó la cuchara porque matar gente con un cuchillo era demasiado fácil.


*Hay 1424 cosas en una habitación promedio con las que Chuck Norris podría matarte. Incluyendo la habitación en sí.


*En los exámenes de matemáticas de Chuck Norris, la respuesta a todas las preguntas fue "Violencia". Por supuesto obtuvo un 10: Para Chuck Norris la violencia es la solución a todos los problemas.


*Chuck Norris borró la papelera de reciclaje.


*Chuck Norris hizo su propio carrusel de feria empalando 20 caballos de verdad.


*Una vez Chuck Norris se apostó algo con Superman. El perdedor debía de llevar los calzoncillos por fuera el resto de su vida.


*Chuck Norris puede no saber dónde vives, pero siempre sabe donde vas a morir.


*A Chuck Norris no se le retrasan los vuelos de Air Madrid.


*Chuck Norris vende su orina en lata. Se le conoce como Red Bull.


*Chuck Norris sabe la ultima cifra de Pi.


*Chuck Norris en latín significa "muerte por patada giratoria".


*Chuck Norris puede ir a un Burger King, pedir una Big Mac y se la dan.


*Chuck norris partio un cuchillo con una sandía.


*Chuck Norris puede mezclar el agua y el aceite revolviendolos con un dedo.


*Chuck Norris no corta el césped. Simplemente le advierte que si crece, se arrepentirá.


*Los dinosaurios miraron mal a Chuck Norris una vez. Sólo una.


*Chuck Norris puede hablar en Braile.


*Chuck Norris es la única persona del mundo capaz de ganar una pelea a patadas en los huevos dejando que empieze el otro.


*Chuck Norris te quita lo bailao.


*Chuck Norris creó la antimateria porque se cansó de golpear la materia.


Saludos.

Lichi

jueves, 18 de noviembre de 2010

Olfato de Gol

Me he tomado un tiempo para adaptar ésta pequeña historieta del Negro Fontanarrosa sobre fútbol. Quién más que el Negro podría lograr algo así. Sin embargo creo que ésta tira en particular no es muy popular, o no tanto como debería. Por eso la pongo aquí, en formato texto, con alguna imágen para acompañar.

NOTA: todo parecido con la carrera de Palermo es pura coincidencia.

Hoy por hoy, en nuestro fútbol, suele decirse, de los artilleros, que tienen “olfato de gol”. Y pocos saben que, dicha frase, se origina a partir de Victorino Lonco Peulén, un típico exponente del balompié chacarero. Victorino Lonco Peulén, el “Indio” Victorino llegó a Talleres proveniente del Sportivo “Mojón del Chusco”. De la reserva. De la reserva indígena de “Salares Finos”. Y, a poco se convirtió en ídolo por su asombrosa condición de estar siempre en el lugar preciso en el momento exacto. RELATOR: “...se le escapa al arquero, tocó Victorino, gol, gol, gol, gol, gol, gol, gol, gol, gol, gol GOOOL, GOOOOOOLLLLL...”.

Con esa simple fórmula, mezcla de intuición y fortuna, convirtió la friolera de 143 goles en 12 partidos. Era un caso extraño. En ocasiones, permanecía estático en un punto del área durante más de 30 minutos. La hinchada lo insultaba y le cobraban infinidad de posiciones adelantadas. Pero, de pronto, ... se sucedían una serie de rebotes y, al final, allí estaba Victoriano, en su lugar para enviarla adentro. Frente a su meteórico ascenso, acudí a hacerle una nota. Preocupado por su reconocido mutismo, no intuí que estaba a punto de descubrir el secreto. Llegué al estadio en la mañana del partido, y no lo hallé en los vestuario. Salí pues a la cancha y me encontré con una situación inususal.

Los entrenadores alentaban al indio: “Busca! Busca! Busca!” decía uno. “¿Ya percibe el olor a gol ?” preguntaba otro. “¿Ya lo percibe ?” interrogaba un tercero, con la voz, pero también con la mirada. “Ha pasado por acá...el pasto está doblado aún” decía el indio, con la nariz pegada al suelo. De pronto, ante mi sorpresa, el indio se transformó y comenzó a correr, gritando “¡ Ahí está ! ¡ Ahí está ! ¡ Lo encontré !”. Marcaban entonces los sitios donde el India había olfateado el gol y allí se estacionaba luego el definidor para convertirlos. Durante la entevista el entrenador me confesó todo. “Pero ¿ Cómo hacen ustedes cuando juegan de visitantes y no pueden salir a la cancha antes del encuentro ?” fue mi primer pregunta. “Siempre conseguimos alguna prenda del arquero rival, la camiseta, un guante, una media, el suspensor...”. “¿ A qué huele el gol, Victorino?”. “¿ A pólvora. A cuero. A soga. A humo. A transpiración ?”.

Aquella tarde, cuando debían definir el ascenso contra arsenal, ocurrió algo terrible. El arquero rival, a instancias del juez, debió cambiar su casaca, por ser muy similar a la de Talleres. Los comentarios en el banco de suplentes presuponían lo peor: “¡ Carajo ! ¡ Esa era la prenda que le habíamos conseguido !” acotó el primero; “¡ El Indio está desconcertado !”; “¡ Ha perdido el rastro !”; “¡ Para colmo está resfriado !” agregó el más pesimista. Finalmente, el médico tomó las riendas del asunto: “ Llévenlo de nuevo al vestuario. Digan que el Indio debe cambiar sus botines ”. Ya en el vestuario, el doctor le inyectó ácido lisérgico, para agudizar el olfato. La reaparición de Victoriano Lonco Peulén en el campo de juego desató una ovación de su parcialidad. Y, recto como una flecha, el goleador fue a buscar su sitio correcto en el área. Era inútil que lo marcaran a presión.

RELATOR: “Disparó Cantareri, la pelota pega en Damiani, en García, en Muniuzi, en Zalotto, en Carreras, va hacia el Indio ... grítelo, seniora, grítelo ... ! ¡ La tiró afuera ! ¡ Increíble ! ¡ Increíble el gol que marró el aborígen !”

Aquello fue el fin para Victorino Lonco Peulén ... El ácido lisérgico había acicateado tanto su olfato que ya olía los goles, los tiros afuera, las pelotas en los palos, los córners y los saques laterales. Confundido y desalentado, terminó su corta carrera vendiendo empanadas turcas en las proximidades del estadio...


Salud !

domingo, 20 de diciembre de 2009

Cima

En estos días en que tanto se habla de Messi, y de su escalada a la cima del mundo futbolístico, me permito presentarles a alguien que también está muy arriba. Pero éste cobra un poquito menos.



Lichi

miércoles, 28 de octubre de 2009

Zanjando una discusión

En innumerables ocasiones, me ví envuelto en discusiones debido a mi tendencia a no comer demasiados vegetales. En mi adolescencia siempre perdí tales contiendas verbales a manos de fanáticos pro-salud, fanatismo que, paradójicamente, les duraba hasta el momento de encender el próximo cigarrillo. Pero desde hace tiempo, cada vez que vivo una reedición de tales discusiones, suelo usar las poderosísimas armas que nos legó un grande. Aquí les dejo un extracto, pero recomiendo que visiten el link para disfrutar sin límites.


Nos vemos.

Lichi

domingo, 13 de enero de 2008

Puto el que lee esto

La semana pasada recordé fugazmente un prólogo muy bien escrito por Fontanarrosa a uno de sus libros de cuentos. No me pregunten por qué vino a mi mente; esas cosas me suceden a diario: no importa donde esté, mi mente me suele regalar en forma totalmente aleatoria pequeños recuerdos. Qué suerte pensarán algunos. Claro que no me apuro a refutar; la clave de todo esto es la palabra azar. Sin ella yo sería un tipo con mucha memoria, cuando la realidad es que sos un desmemoriado que sólo en escasas situaciones recuerda algo útil. Mi mente funciona como una ruleta, pero con una cantidad mucho mayor de números (es decir, la probabilidad de acertar es tanto menor). Sólo necesito enfocarme en algo que necesite recordar, y en segundos consigo un resultado, casi siempre erróneo. Intentando traer al presente la dirección de algún amigo al que hace años no visito, puedo obtener desde el nombre de algún jugador de fútbol condenado al anonimato después de un breve paso por primera división, pasando por el argumento con lujo de detalles de alguna película vista hace 20 años, hasta lo que me dijo mi maestra de Jardín de Infantes el primer día. Es por eso que soy incapaz de contar cómo vino a mí este texto. Bien podría inventar algo para justificar el incluirlo aquí, pero prefiero la sinceridad (no siempre la prefiero, aclaro). Es un texto un tanto largo pero vale la pena cada línea. Lean y comenten.

Puto el que lee esto.

R. Fontanarrosa

Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.
Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. "Puto el que lee esto", y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento..." Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.
Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.
No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf... el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar. "Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos." Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo.
El lector no es mi amigo. El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. "Puto el que lee esto." Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.
"Es un golpe bajo", dirá algún crítico amanerado, de esos que gustan de Graham Greene o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos en Le Monde Diplomatique. ¡Sí, señor -les contesto-, es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas. Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías. Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir: "Me voy con rumbo a la quinta del Ñato y me llevo conmigo todo lo que escribí, no los molesto más con mi producción", no. Ahí están los libros de Molière, de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en las mesas de saldos.
Sabios eran los faraones que se enterraban con todo lo que tenían: sus perros, sus esposas, sus caballos, sus joyas, sus armas, sus pergaminos llenos de dibujos pelotudos, todo. Igual ejemplo deberían seguir los escritores cuando emprenden el camino hacia las dos dimensiones, a mirar los rabanitos desde abajo, otra buena frase por cierto. "Me voy, me muero, cagué la fruta -podría ser el postrer anhelo-. Que entierren conmigo mis escritos, mis apuntes, mis poemas, que total yo no estaré allí cuando alguien los recite en voz alta al final de una cena en los boliches." Que los quemen, qué tanto. Es lo que voy a hacer yo, téngalo por seguro, señor lector. Millones de libros, entonces, de escritores importantes y sesudos, de mediocres, tontos y banales, de señoras al pedo que decidían escribir sus consejos para cocinar, para hacer punto cruz, para enseñar cómo forrar una lata de bizcochos. Pelotudos mayores que dedicaron toda su vida, toda, al estudio exhaustivo de la vida de los caracoles, de los mamboretás, de los canguros, de los caballos enanos. Pensadores que creyeron que no podían abandonar este mundo sin dejar a las generaciones futuras su mensaje de luz y de esclarecimiento. Mecánicos dentales que supusieron urgente plasmar en un libro el porqué de la vital adhesividad de la pasta para las encías, señoras evolucionadas que pensaron que los niños no podrían llegar a desarrollarse sin leer cómo el gnomo Prilimplín vive en una estrella que cuelga de un sicomoro, historiadores que entienden imprescindible comunicar al mundo que el duque de La Rochefoucauld se hacía lavativas estomacales con agua alcanforada tres veces por día para aflojar el vientre, biólogos que se adentran tenazmente en la insondable vida del gusano de seda peruano, que cuando te descuidás te la agarra con la mano.
Allí, a ese mar de palabras, adjetivos, verbos y ditirambos, señores, hay que lanzar el nuevo libro, el nuevo relato, la nueva novela que hemos escrito desde los redaños mismos de nuestros riñones. Allí, a ese interminable mar de volúmenes flacos y gordos, altos y bajos, duros y blandos, hay que arrojar el propio, esperando que sobreviva. Un naufragio de millones y millones de víctimas, manoteando desesperadamente en el oleaje, tratando de atraer la atención del lector desaprensivo, bobo, tarado, que gira en torno a una mesa de saldos o novedades con paso tardío, distraído, pasando apenas la yema de sus dedos innobles sobre la cubierta de los libros, cautivado aquí y allá por una tapa más luminosa, un título más acertado, una faja más prometedora. Finge. El lector finge. Finge erudición y, quizás, interés. Está atento, si es hombre, a la minita que en la mesa vecina hojea frívolamente el último best-seller, a la señora todavía pulposa que parece abismarse en una novedad de autoayuda. Si es mujer, a la faja con el comentario elogioso del gurú de turno. Si es niño, a la musiquita maricona que despide el libro apenas lo abre con sus deditos de enano.
Y el libro está solo, feroz y despiadadamente solo entre los tres millones de libros que compiten con él para venderse. Sabe, con la sabiduría que le da la palabra escrita, que su tiempo es muy corto. Una semana, tal vez. Dos, con suerte. Después, si su reclamo no fue atractivo, si su oferta no resultó seductora, saldrá de la mesa exclusiva de las novedades VIP diríamos, para aterrizar en algún exhibidor alternativo, luego en algún estante olvidado, después en una mesa de saldos y por último, en el húmedo y oscuro depósito de la librería, nicho final para el intento fracasado. Ya vienen otros -le advierten-, vendete bien que ya vienen otros a reemplazarte, a sacarte del lugar, a empujarte hacia el filo de la mesa para que te caigas y te hagas mierda contra el piso alfombrado.
No desaparecerá tu libro, sin embargo, no, tenelo por seguro. Sea como fuere, es un símbolo de la cultura, un icono de la erudición, vale por mil alpargatas, tiene mayor peso específico que una empanada, una corbata o una licuadora. Irá, eso sí, con otros millones, al depósito oscuro y maloliente de la librería. No te extrañe incluso que vuelva un día, como el hijo pródigo, a la misma editorial donde lo hicieron. Y quede allí, al igual que esos residuos radioactivos que deben pasar una eternidad bajo tierra, encerrados en cilindros de baquelita, teflón y plastilina para que no contaminen el ambiente, hasta que puedan convertirse en abono para las macetas de las casas solariegas.
De última, reaparecerá de nuevo, Lázaro impreso, en la mano de algún boliviano indocumentado, junto a otros dos libros y una birome, como oferta por única vez y en carácter de exclusividad, a bordo de un ómnibus de línea o un tren suburbano, todo por el irrisorio precio de un peso. Entonces, caballeros, no esperen de mí una lucha limpia. No la esperen. Les voy a pegar abajo, mis amigos, debajo del cinturón, justo a los huevos, les voy a meter los dedos en los ojos y les voy a rozar con mi cabeza la herida abierta de la ceja.
"Puto el que lee esto." John Irving es una mentira, pero al menos no juega a ser repugnante como Bukowski ni atildadamente pederasta como James Baldwin. Y dice algo interesante uno de sus personajes por ahí, creo que en El mundo según Garp: "Por una sola cosa un lector continúa leyendo. Porque quiere saber cómo termina la historia". Buena, John, me gusta eso. Te están contando algo, querido lector, de eso se trata. Tu amigo Chiquito te está contando, por ejemplo en el club, cómo al imbécil de Ernesto le rompieron el culo a patadas cuando se puso pesado con la mujer de Rodríguez. Vos te tenés que ir, porque tenés que trabajar, porque dejaste la comida en el horno, o el auto mal estacionado, o porque tu propia mujer te va a armar un quilombo de órdago si de nuevo llegás tarde como la vez pasada. Pero te quedás, carajo. Te quedás porque si hay algo que tiene de bueno el sorete de Chiquito es que cuenta bien, cuenta como los dioses y ahora te está explicando cómo el boludo de Ernesto le rozaba las tetas a la mujer de Rodríguez cada vez que se inclinaba a servirle vino y él pensaba que Rodríguez no lo veía. No te podés ir a tu casa antes de que Chiquito termine con su relato, entendelo. Mirás el reloj como buen dominado que sos, le pedís a Chiquito que la haga corta, calculás que ya te habrá llevado el auto la grúa, que ya se te habrá carbonizado la comida en el horno, pero te quedás ahí porque querés eso que el maricón de John Irving decía con tanta gracia: querés saber cómo termina la historia, querido, eso querés.
Entonces yo, que soy un literato, que he leído a más de un clásico, que he publicado más de tres libros, que escribo desde el fondo mismo de las pelotas, que me desgarro en cada narración, que estudio concienzudamente cómo se describe y cómo se lee, que me he quemado las pestañas releyendo a Ezra Pound, que puedo puntuar de memoria y con los ojos cerrados y en la oscuridad más pura un texto de setenta y ocho mil caracteres, que puedo dictaminar sin vacilación alguna cuándo me enfrento con un sujeto o con un predicado, yo, señores, premio Cinta de Plata 1989 al relato costumbrista, pese a todo, debo compartir cartel francés con cualquier boludo. Mi libro tendrá, como cualquier hijo de vecino, que zambullirse en las mesas de novedades junto a otros millones y millones de pares, junto al tratado ilustrado de cómo cultivar la calabaza y al horóscopo coreano de Sabrina Pérez, junto a las cien advertencias gastronómicas indispensables de Titina della Poronga y las memorias del actor iletrado que no puede hacer la O ni con el culo de un vaso, pero que se las contó a un periodista que le hace las veces de ghost writer. Y no estaré allí yo para ayudarlo, para decirle al lector pelotudo que recorre con su vista las cubiertas con un gesto de desdén obtuso en su carita: "Éste es el libro. Éste es el libro que debe comprar usted para que cambie su vida, caballero, para que se le abra el intelecto como una sandía, para que se ilustre, para que mejore su aliento de origen bucal, estimule su apetito sexual y se encame esta misma noche con esa potra soñada que nunca le ha dado bola".
Y allí estará la frase, la que vale, la que pega. El derechazo letal del Negro Monzón en el entrecejo mismo del tano petulante, el trompadón insigne que sacude la cabeza hacia atrás y hacia adelante como perrito de taxi y un montón de gotitas de sudor, de agua y desinfectante que se desprenden del bocho de ese gringo que se cae como si lo hubiese reventado un rayo. "Puto el que lee esto." Aunque después el relato sea un cuentito de burros maricones como el de Platero y yo, con el Angelus que impregna todo de un color malva plañidero. Aunque la novela después sea la historia de un seminarista que vuelve del convento. Aunque el volumen sea después un recetario de cocina que incluya alimentos macrobióticos.
No esperen, de mí, ética alguna. Sólo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos. El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar. Porque digo que es puto el que lee esto y lo sostengo. Y paso a contarles por qué lo afirmo, por qué tengo autoridad para decirlo y por qué conozco tanto sobre su intimidad, amigo lector, mucho más de lo que usted nunca hubiese temido imaginar. Sí, a usted le digo. Al que sostiene este libro ahora y aquí, el que está temiendo, en suma, aparecer en el renglón siguiente con nombre y apellido. Nombre y apellido. Con todas las letras y hasta con el apodo. A usted le digo.

domingo, 22 de julio de 2007

Se fue un grande

Hola, hace mucho que no escribo, pero tengo que tomarme un tiempito para escribir hoy. Antes de ayer fue el día del amigo, y lejos de disfrutar mucho, estuve bastante triste todo el día. La noticia de la muerte de Fontanarrosa fue fuerte. Normalmente cuando se muere alguien famoso, uno (al menos yo) no siente algo fuerte, tan sólo un "que cagada, se murió tal...". Una sola vez en la vida antes de la muerte del negro, sentí lo mismo: cuando murió Ayrton Senna. La diferencia es que la muerte del piloto me afecto de una manera extraña. Yo nunca fui un fanático del automovilismo, por lo que aún hoy no me explico porque me sentí mal aquella tarde del 94. En cambio ahora sí que sé el porque de mi tristeza. Soy un gran lector (gran en cantidad...) y un escritor amateur (amateur en calidad) y sobre todas las cosas, soy un gran (gran en todo sentido) amante del fútbol. Cómo no sentirme identificado con el negro. Pensar que mucha gente lo tiene como un dibujante de historietas cómicas. No saben lo que se pierden. Una vez leí quizás la más acertada de las críticas literarias hacia el negro, que decía algo así: "muchos ven en Fontanarrosa a un dibujante que se anima a escribir cuentos de vez en cuando; en realidad es un gran escritor de cuentos que además suele dibujar..."
A los que lo leyeron les digo fuerza, que se fue un grande, pero por suerte nos dejó su gran obra. A los que aún no lo disfrutaron, los invito a leer cualquiera de sus libros de cuentos. A los amantes del fútbol, les dejo el prólogo de su libro EL FUTBOL ES SAGRADO. Si tienen mas de 30 años quizas hayan visto la película a la que se refiere, sino, se las resumo ahora mismo en 4 líneas en formato telegrama:

Campo de concentración; Nazis preparan partido desafío contra presos; presos aceptan y planean fuga en el entretiempo; Stallone al arco, Pelé de 10; primer tiempo pierden feo; llega la hora de escapar, y prefieren seguir jugando; finalmente ganan el partido, y se escapan.


Pero lean lo que escribió en negro, disfruten lejos de preguntarse: Negro, por qué te fuiste, digan Gracias Negro. Gracias por todo.


El Futbol es sagrado
por R. Fontanarrosa
La que yo digo era en blanco y negro, se llamaba “Match en el infierno “ y la dieron hace mil años. Era una época en que íbamos siempre al cine, especialmente con Fernando y, muchas veces, veíamos tres películas seguidas, entrando al cine a la siesta y saliendo cuando ya era de noche. Nadie podía imaginar ir al cine a ver una sola película, como ahora, o ir a ver la película principal y no la de complemento. Era como tirar la guita, como estafarse a si mismo. Por esa razón vimos tres veces, con Fernando, “El rubí sangriento”, una película de pistoleros, en Centroamérica, con ventiladores de techo y un malo que masticaba cacahuetes, andaba en silla de ruedas y terminaba haciéndose pelota al venirse en banda por un precipicio. La única virtud, quizás, de “El rubí sangriento”, era que siempre, no sé por que misteriosa lealtad, iba de complemento de las de Jerry Lewis y nosotros éramos fanáticos de Jerry Lewis.
Lo cierto es que, apenas nos enteramos de que “Match en el Infierno” era de fútbol, nos fuimos con Fernando de cabeza al Monumental. Creo, incluso, que fuimos mucho más temprano, creyendo que había preliminar de reserva. Y era polaca, o checa (tendría que preguntarle a Daniel). Una película seria de esas con poca música, como “Kanal” y que terminaba para la mierda, como deben terminar las pelicula serias. Nada que ver con la fantochada de “Escape a la victoria “, que dieron hace poco, como segunda versión en technicolor y cinemascope, de aquella digna “Match en el Infierno”.
Por supuesto, por respeto a la memoria de la primera, no fui a ver esta otra, máxime cuando me enteré que atajaba Sylvester Stallone. Me pareció bien que, en un film donde laburaban Ardiles y el negro Pelé, entre otros, lo mandaran al arco al troncazo de Rambo pero, así y todo, juré no volver al cine mientras atajara ese tipo. De cualquier manera, después, me enteré del resultado de la película por la radio y por los diarios: por supuesto, todo había sucedido como yo lo temía. En lugar del final amargo y lógico de la versión antigua, acá los prisioneros del campo de concentración no solo ganaban el partido contra los guardianes nazis, sino que, en medio de la euforia entendible de su sufrida parcialidad, aprovechaban el festejo y se viraban del cautiverio aumentando la decepción del Tercer Reich. No podía esperarse otra cosa de Stallone. Si no había considerado un producto comercialmente vendedor la derrota norteamericana en Vietnam, al punto de trocarla en victoria en su delirante colección de Rambos ... ¿cómo podía esperarse que aceptara el áspero epílogo de “Match en el infierno”? Sylvester es uno de los que no se aguantan esas cosas, como no se aguantó el final de “Primera sangre”, el atrapante librito de David Morrel, de donde sacó a John Rambo. En “Primera Sangre” el ex combatiente de Vietnam termina recagado a balazos, como muy lógico corolario para cualquier tipo que le pegue a la policía, mate a varios de ellos y, por si todo esto fuera poco, destruya un pueblo de punta a punta. Sylvester consideró que no era constructivo deprimir así a sus compatriotas y, en su película, si bien Rambo termina llorando como un mariquita, queda lo suficientemente vivo como para enfrentar los futuros riesgos de varias superproducciones más. No dudo que, si el día de mañana, Stallone decide poner de nuevo en la pantalla “ El extranjero “ de Camus, no terminaría muriendo en una pestilente cárcel árabe como le pasó a marcello Mastroianni. Sylvester encabezaría un motín para escaparse con el resto de aquellos desdichados y se casaría por fin con la hija del jeque tras poner entre rejas a Yasser Arafat, el comandante Carlos y un centenar de fedayines de “ Septiembre Negro”.
Pero a lo que voy es a esto, retornando al tema de la remota “ Match en el infierno “: esa película me dejó una frase reveladora, un mensaje para la posteridad. Presten atención. Porque muchas veces uno va a ver infinidad de películas que se promocionan y anuncian como verdaderos reservorios de mensajes fundamentales: “ Una película que cambiará su vida" dicen los anuncios, “ Una revelación que lo acercará a la verdad como una luz cegadora", promete. Y pese a que uno es reacio a ilusionarse pensando que, por la exigua cantidad de dinero que insume una entrada de cine, alguien pueda revelarle el recóndito secreto de la existencia, esos clarines publicitarios suelen atraerlo. Por supuesto, luego, dichos mensajes no son para uno, sino para la dama o el caballero que está sentado al lado y en la mayoría de los casos, la película no se entiende un carajo. A veces sí, un destello extraño parte de la pantalla como si un rayo perdido del haz de luz escapado del proyector rebotara en ella y se nos clavara entre los dos ojos como una astilla de plata. Me pasó una vez a mí, en una película que agarré empezada, de complemento, y me dejó completamente pelotudo. La película se llamaba “ Cleo de 5 a 7 “ y, aún hoy, no he podido explicarme el porqué de tamaño impacto. Tampoco han podido explicármelo los psicológos, quizás porque de 5 a 7 sea una sesión demasiado prolongada para ellos.
Pero retornemos a “Match en el infierno”, que es a lo que quiero referirme, y a esa frase que conjuga el mensaje pleno de sabiduría y realismo.
Voy a refrescar un tanto la línea argumental de aquella película para explicar al lector inadvertido, más o menos, por donde va la cosa.
La acción transcurría en un campo de concentración alemán, en la Segunda Guerra. Para celebrar ya no recuerdo qué, una celebración que convocaba a varios líderes nazis, los capos del campo deciden hacer un partido de fútbol entre los guardianes y los presos. Los presos aceptan, a pesar de que no se los veía con el mejor ánimo ni con un excelente estado físico. Pero tenían una carta en la manga: entre ellos había un húngaro que era un jugador profesional, que la rompía, la hacía trapo. Supongo que había allí una resonancia ligada a la realidad, no sé si Puskas, o Kocsis, o Boszik, alguno de aquellos integrantes de esa formidable línea delantera húngara, había sido prisionero de los germanos en la vida real. Este tipo, el húngaro que la hacía de goma, se llamaba, o le decían, ”Jo” (¿sería ese el nombre? ¿ Por qué me viene a la memoria, si no? Juraría que era así). Se llamaba Jo. Muy bien.
Los prisoneros, una multinacional de harapientos, comenzaban, entonces un duro período de entrenamiento bajo el permiso alemán, para enfrentar a la fuerte escuadra de la cruz gamada. Jo estaba muy animado ante la posibilidad de volver a ponerse los cortos, pero ... ¿qué ocurre? ... ¡La verdadera intención del grupo de prisioneros era escaparse! Huir del campo de concentración aprovechando las relativas libertades que les daban sus captores. Cuando le comunican eso a Jo, éste se chiva realmente ¡El quería jugar el partido! ¡A él que no le vinieran con el asunto de pirarse cuando ya se veía de nuevo pisando el verde césped y había atesorado en sus oídos el embriagador repique del balón sobre la grama! ¡El partido estaba hecho y nadie de ley, nadie que sea verdaderamente futbolero, sea choro o vigilante, deja de lado un desafío para escapar de un campo de concentración por más fulera que sea la comida! Los otros muchachos, los contra, habían conseguido camisetas para todos, tenían la pelota, habían alquilado la cancha, habían hablado con el referí, hasta le habían puesto redes a los arcos... ¡Y ellos se iban pirara antes del partido como unos maulas! ¿Quién iba a querer después, hacerle un partido a los prisioneros? Por supuesto, cuando se lo dijeron, Jo se puso para la mierda. Y fue ahí, ahí mismo, cuando pronunció esa frase que para mí se inscribe entre los grande speeches del cine mundial, comparable al discurso de Marlon Brando ante el cadáver de Julio César, o a los argumentos de Spencer Tracy en “Heredarás el Viento”. Jo agarró la pelota, la tiro para arriba, la durmió en el empeine cuando caía y dijo: “ El fútbol es Sagrado!.
Aunque sea difícil de creer, pese a la magnificencia del pensamiento, el resto del plantel no le dio bola, no se impresionó ante su retórica, no advirtió que estaba ante una sentencia que cortaba en un tajo la historia del más popular de los deportes. Le contestaron que ganando o perdiendo eran boleta, que había que huir. Jo, de mala gana, lo acepta. Intentan escapar, entonces, y los atrapan. Ante esta falta de espíritu competitivo, los alemanes, respetuosos del programa ya impreso, atentos a un público que saboreaba de antemano el encontronazo deportivo, pero sin olvidar los requisitos disciplinarios exigidos por la FIFA, emiten un fallo: la lista de buena fe del equipo de prisioneros, completa, será fusilada luego del encuentro, sea cual fuere el resultado.
Para hacerla corta: juegan y, en el primer tiempo, los germanos les pasan por arriba. En base a sus virtudes históricamente reconocidas, empuje, velocidad y pases largos, el team de los teutones, donde militaban un par de rubios que sabían, se va a los vestuarios con una nítida y justa ventaja, hay que reconocerlo. Colaboró con ese resultado, por cierto, el prácticamente nulo aporte de Jo para su equipo. El húngaro no había podido superar, era notorio, el duro impacto emocional que significa, para cualquier volante creativo, saber que será fusilado luego de las duchas. Debemos recordar, también, que los magyares son algo latinos y, por ende, más propensos a sufrir anímicamente las presiones del entorno. Pero algo ocurre al comienzo del segundo período, que transforma a Jo. No lo recuerdo bien. Tal vez lo que varía su conducta es que se veía venir una goleada memorable y un toque de novela ante el “olé” enfervorizado de la parcialidad germana. Yo creo que eso fue lo que tocó la fibra del jugador internacional. Ese relajo, ese “tomala vos y dale a Hans” desató el tigre dormido que habita en el orgullo de todo jugador que se precie. “La puta madre que lo reparió – habrá pensado Jo por más caído que estuviese-. ¿ Cómo me van a venir a dar un toque a mí estos troncos?” Porque convengamos, el equipo alemán era bueno, pero bueno para jugar entre los giles.
Jugando con algún rejuntado de oficina la podían pisar más o menos, pero no eran ni Beckenbauer ni Gerd Muller ni Bonhof ni ninguno de esos. Y el otro, Jo, había sido internacional de los magyares, mi querido, que con Ferenc Puskas darían la izquierda más esclarecida del comunismo y en el 53 le harían la fiesta a los ingleses por 6 a 3 en el mismísimo estadio de Wembley.
La cuiestión es que Jo se enojó, cazó la globa, la puso bajo la suela ... y andá a cantarle a Gardel. En treinta minutos dio vuelta el partido, hizo tres pepas y hasta le puso la pelota del gol del triunfo al narigoncito judío que jugaba de once y que tuvo la mala idea de ir a gritárselo a la tribuna alemana, adonde estaba la barra brava de los nazis. Los alemanes se enojaron y no esperaron hasta la pitada final. Ahí no más los cagaron a tiros a todos, certificando que es muy difícil ganar de visitantes.
Abandonamos el cine, aquella tarde inolvidable, convencidos de que, si bien finales violentos como aquel le hacían mucho mal al fútbol, habíamos acuñado una frase rectora para la vida.
Desde aquella revelación hasta hasta nuestros días, nunca me he sentido solo en el inquietante sendero de la existencia.
Cuando algún irresponsable, algún advenedizo o inimputable me invita a una tertulia literaria un sábado por la tarde, o insiste en convidarme a cenar una noche en que se televisa un partido de fútbol en directo, las sabias palabras del talentoso mediovolante húngaro vuelven a mis labios para abofetear al atrevido. Y éste ya no reitera su afrentosa oferta. Sabe que no hay razones, ni argumentos, ni sobornos, que tuerzan el soberano designio de lo sagrado.

Hasta la próxima, que espero sea pronto y con otros ánimos

Lichi